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Una de cowboys en el norte de Santa Fe: la excursión al Chaco de colonos californianos en 1866

19/04/2020
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La Universidad Nacional de Entre Ríos ha reeditado el informe de un fascinante viaje exploratorio por el Chaco santafesino: “Expedición al Chaco”, Guillermo Perkins (Eduner, 2019)

“Las carretas iban precedidas de cuatro o cinco indios que hacían de baqueanos; atrás de aquellas seguía la tropilla de animales vacunos y la caballada; y luego enseguida venía el resto de la gente, cada uno con su rifle atravesado sobre la silla”.

Así describe Guillermo (William) Perkins al grupo expedicionario que encabeza y que, entre al 26 de mayo y el 8 de julio de 1866, realiza un viaje desde Santa Fe hasta el Arroyo del Rey, en ese entonces límite norte de la provincia, en cumpimiento de una misión oficial.

La Universidad Nacional de Entre Ríos ha reeditado con el título Expedición al Chaco (Eduner, 2019) el informe que Perkins le envió al gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, al concluir el viaje. El original, publicado en 1867, era: Expedición á El Rey. En el Chaco, e incluía un “Mapa de la provincia de Santa Fe para los inmigrantes”; la edición actual incluye un facsìmil.

El mapa que Perkins elaboró para los colonos interesados en afincarse en la región

El texto es casi un diario de viaje, muy bien escrito, lleno de detalles sobre la topografía y el paisaje de los sitios que recorren, algunos comentarios sobre las personas que lo acompañan, recomendaciones de los guías por su buen desempeño y muchas digresiones sobre la riqueza potencial de esas tierras una vez que fuesen puestas a disposición de colonos hacendosos.

“El monte en todo este trayecto se presenta denso e impenetrable y no en isletas; consistiendo principalmente en algarrobos, ñandubayes y algunos ubajayes. Estos terrenos son bajos, cuya cualidad lo comprueba la paja de lanza o cortadera que allí hay en abundancia, y que con sus penachos blancos que coronan sus esbeltos tallos, mecidos por el viento, dan un aspecto de vida a aquellas dilatadas y solitarias comarcas”, escribe Perkins en una descripción de tono casi poético.

En otro tramo, da cuenta de la vigilancia de que eran objeto por parte de los indios, a lo largo de la ruta, en un párrafo de reminiscencias cinematográficas: “…la noticia había cundido de la marcha de una expedición por la costa y rumores de otra que debía subir el Saladillo habían atemorizado de tal modo a los montaraces que estos huían precipitadamente delante de nosotros, encendiendo hogueras o fogones en los campos en distintas direcciones como aviso transmitido a las tolderías (…). No queda duda, y de ello teníamos pruebas, que de noche nos acechaban en nuestro campamento…”

Cabe recordar que la última frontera con el indio no fue la del sur sino la del norte, aunque es historia menos conocida. En los tiempos de la expedición de Perkins, los últimos asentamientos criollos y colonias de inmigrantes se ubicaban cerca de la frontera con la actual provincia del Chaco, que por entonces no existía. Más allá de Santa Fe, eran todos territorios nacionales y una de las finalidades de la expedición era justamente consolidar y en lo posible extender los límites de la provincia. El mecanismo: la instalación de más colonos.

“En las distintas exploraciones en la búsqueda de conquistar nuevos territorios participan agentes del gobierno, agrimensores, empresarios, soldados, baqueanos, indios convertidos, ‘hombres del país’, norteamericanos que pretenden arraigarse en estas tierras y otros inmigrantes ya radicados”, dice Silvia Dócola -arquitecta e investigadora de la Universidad de Rosario, especialista en Historia de la Arquitectura-, en el estudio preliminar de Expedición al Chaco. Ya existían por entonces en Santa Fe varias colonias de inmigrantes, sobre todo europeos.

William Perkins (1827-1893), que luego castellanizó su nombre de pila (Guillermo) era un canadiense afincado en California. Allí trabó relación con dos hermanos catamarqueños, exiliados en Chile, Samuel y Ramón Gil Navarro, que lo entusiasmaron con la idea de emigrar al sur del continente. En Chile, Perkins se casa con la hermana de los Navarro y en 1858 se instala en Rosario, donde trabajó como periodista, y se dedicó a propagandizar la inmigración y la colonización, como rutas hacia el progreso de la región.

En 1863, tuvo su primera misión oficial: una visita e informe sobre las colonias de Santa Fe. Al año siguiente fue nombrado Secretario de la Comisión Promotora de la Inmigración en Rosario, creada a instancias suyas. Después de la expedición al Chaco, trabajó para la Compañía de tierras del Ferrocarril Central Argentino. Durante su gestión, se crearon las colonias Bernstad, Carcarañá y Cañada de Gómez.

La expedición de 1866 la realiza acompañado de estadounidenses y criollos interesados en establecer un nueva colonia en proximidades de uno de los últimos asentamientos al norte, llamado Pájaro Blanco por la abundancia de cigüeñas (luego, con la llegada de inmigrantes galeses, se convertiría en Colonia Alexandra, en homenaje a la Reina consorte de Inglaterra, esposa de Eduardo VII).

“Los norteamericanos -escribe Perkins-, muy satisfechos de la expedición (…), han denunciado una cantidad de terrenos fiscales, cerca del Pájaro Blanco, donde no tengo duda establecerán, en pocos meses, una importante colonia de sus compatriotas”. En efecto, de esa intención surgirá la Colonia California, ya inscripta en el mapa que Perkins publica al año siguiente junto con su relación del viaje. Él mismo acota en el informe que, gracias a los buenos oficios de Nicasio Oroño, “en el momento de concluir mi informe, veinte y tantas personas dispuestas con sus carros, bueyes, gran acopio de herramientas de agricultura, provisiones, etc., han tomado posesión de la nueva colonia, a una legua al norte de San Javier; colonia, EXcmo Señor (gobernador Oroño) que será el núcleo de la inmigración norteamericana que muy luego ha de poblar los fértiles campos, hasta ahora desiertos, del Chaco santafesino”.

El viaje de Perkins tenía justamente por objeto realizar tareas de agrimensura en la zona por cuenta del gobierno santafesino en tierras que éste había concesionado a compañías colonizadoras, con la intención además de consolidar el dominio de la provincia sobre esas tierras. “El Chaco -escribe Silvia Dócola- se hallaba poblado por varias tribus y era apetecido por varios Estados en conformación: Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia. A la vez, las provincias de Santa Fe, Santiago, Salta y Jujuy también pretendían incorporar esos territorios”.

Me permito una breve digresión personal: siempre escuché en mi familia el relato de que mi bisabuela materna, Susan Alexandra McLean, era una californiana que había venido con su familia por vía marítima hasta Chile y de allí, cruzando la cordillera, se habían afincado en Colonia California, casándose luego ella con un galés de la vecina colonia Alejandra (Pájaro Blanco). Siempre me preguntaba cómo se les había ocurrido semejante viaje. La respuesta está en Guillermo Perkins, un propagandista de la región cuyo mensaje evidentemente llegó hasta la costa oeste de Estados Unidos, donde había vivido. En aquellos años, la Argentina, al igual que otras tierras de inmigración, hacía “publicidad” para reclutar colonos en Europa. Perkins hizo lo propio en América del Norte.

Al inicio de su informe, menciona a sus compañeros de viaje: Toribio Aguirre (ingeniero y agrimensor), Alexander McLean , William y Thomas Moore, James B. Locket, Zina Post, Francis Benitz, Josiah Reeves, John Smith, Harlow Snow, etcétera, etcétera…

Existen dos versiones acerca de lo que impulsó a estos norteamericanos a viajar hacia el sur del continente: una, que eran agricultores en busca de nuevos horizontes; otra, que venían huyendo de la Guerra de Secesión (1861-65).

Pero también es posible que fuese una combinación de ambas cosas: la Guerra había afectado a la producción algodonera del sur de los Estados Unidos y la región chaqueña les era descripta como una tierra análoga, a la misma distancia de la línea del Ecuador y se suponía que tenía la misma potencialidad productiva.

La cigüeña, una de las aves de mayor envergadura en nuestro país, muy abundante en al zona, inspiró el nombre de la colonia Pájaro Blanco (luego Alejandra)

Por otra parte, entre Chile y la costa oeste de Norteamérica había un tránsito de barcos que llevaban trigo chileno para abastecer una demanda que crecía en paralelo con la fiebre del oro en California. Esos barcos volvían semivacíos. En ellos se embarcaron los colonos con todas sus pertenencias, incluidos el ganado y las carretas. Así llegaron a Valparaíso y cruzaron los Andes para dirigirse a Santa Fe, donde Nicasio Oroño los esperaba con los brazos abiertos.

El resto lo cuenta Perkins. “Mis compañeros, la mayor parte agricultores de diferentes partes de los Estados Unidos, estuvieron unánimes en declarar que nunca han visto una extensión tan grande de tierra tan uniformemente feraz como los terrenos de Paraná entre San Javier y El Rey , tomados en relación con su capacidad para la agricultura y el pastoreo”.

La comitiva de Perkins se componìa también de aborìgenes. “El territorio de El Rey es tan célebre entre los Indios por la diversidad y abundancia que hay allí de animales de caza -dice el canadiense-, que esta circunstancia unida a la esperanza de comer bien y tener yerba y tabaco de balde era un fuerte incentivo que estimuló a muchos jóvenes indios a acompañarnos. Tuve dificultad en limitar su número a seis, el que sin embargo se aumentó a quince”.

En su informe, Perkins distingue entre indios “reducidos” (asentados y parcialmente acriollados) y “montaraces”. Los aborígenes de la región eran cazadores y recolectores, y por lo tanto nómadas. Un porcentaje de ellos estaba ya adaptado a las costumbres criollas y asentado en los alrededores de los pueblos y colonias. Pero un importante número continuaba viviendo en el monte de modo errante y viviendo esencialmente de la caza.

Los que participan de la expedición son aborígenes asentados en los alrededores de San Javier, donde la caza, cuenta Perkins, “se había acotado mucho”, debido “a la tenaz persecución que hacen de ella los indios, cuyo sistema de cazar es mortífero, pues tiende a ahuyentar todo animal de los campos”, y describe la caza en pelotón a lomo de caballo y con boleadoras de los ñandúes.

Un guerrero guaycurú

“Hasta ahora -escribe Perkins- estos terrenos no se han poblado porque no ha habido gente para dedicarse a la agricultura; y las depredaciones de los indios hacían inseguras las haciendas de los estancieros que allí se estableciesen. En el camino, vimos rastros de indios montaraces y varios fogones apagados de sus campamentos.”

De hecho, hasta finales de siglo, la colonia Alejandra (ex Pájaro Blanco) será objeto de malones. En la capilla del pueblo una lápida recuerda a los “muertos por los indios”: Moore, Jones… apellidos mayormente anglosajones.

Entre indios reducidos e indios montaraces también se ha levantado ya una frontera, da a entender Perkins: “Los mismos Indios de la Reducción llegan con frecuencia hasta el punto llamado Pájaro Blanco, distante como a 18 ó 20 leguas de San Javier, para hacer allí sus cacerías. De allí para adelante no se atreven a pasar, pues dicen que ya es territorio perteneciente exclusivamente a los montaraces”.

En el viaje, dice, “a una parte de la indiada se le permitía apartarse de la línea de marcha para cazar, pero siempre a retaguardia” para evitar que los confundieran con montaraces y ocurriera una desgracia.

El mono mirikiná, una de las especies que describe Perkins durante su excursión

También los criollos se dispersaban para cazar, “y algunos solían separarse por todo el día de la línea de marcha, solos o en grupos de dos o tres”, cuenta. “Los baqueanos les representaban el peligro (pero ) los hombres que habían llevado una vida de frontera en el Norte se mostraban insensibles al sentimiento de temor desde que se trataba de indios”.

“Cuatro de los expedicionarios formaban la vanguardia, los cuales adelantándose media legua o más de las carretas, cazaban y elegían el punto en que debíamos establecer el campamento para la noche”.

“En un día -sigue el relato- contamos seis incendios , que se extendían desde las orillas del Paraná hasta las del Saladillo, y a medida que avanzábamos encontrábamos rastros humanos, residuos de carne medio comida en campamentos abandonados con precipitación, tolderías, etc., pero en cuanto a los montaraces no hemos visto uno solo”.

Pero como vimos Perkins afirma que tenían pruebas de que los indios los acechaban por la noche y agrega: “Tal vez en un descuido de nuestra parte hubiera causado la pérdida de algunas de nuestras cabalgaduras, como efectivamente sucedió en El Rey”.

El oso hormiguero impresionó a Perkins por su tamaño

El informe de la Expedición tiene dos apéndices: uno sobre la flora y otro sobre la fauna que durante el viaje Perkins ha ido repertoriando con detalle, fascinado por su abundancia y belleza.

Entre los árboles enumera el timbó, el algarrobo, el ñandubay, el quebracho, las palmeras, el tala, el laurel, el guayabo, el lapacho, entre muchos otros. Y otros dos árboles a los que califica de “completamente inútiles”: el ombú y el ceibo…

En cuanto a la fauna, nombra primero las aves: golondrinas, dos especies de cardenales, tijeretas, “preciosas avecitas blancas con las puntas de las alas negras” -seguramente en referencia a la monjita-, loros y “catitas” o cotorras, perdices, flamencos, gansos, patos, chajáes y la cigüeña, que ha inspirado el nombre del paraje Pájaro Blanco.

Finalmente, la fauna, de la que cita: jaguar, oso hormiguero, ciervo, puma o león americano, carpincho, jabalí, tapir, mulitas, peludos, un pequeño mono -seguramente el mirikiná-, el tucu-tucu, que cree es la chinchilla, yacarés, “culebra de cascabel” y “víbora de la cruz”; hasta los insectos le llaman la atención, sobre todo la cantidad de luciérnagas.

El aguará guazú (en guaraní, “zorro grande”), uno de los animales que más llamó la atención de los expedicionarios

Sobre el aguará, dice: “Muchas veces tuve curiosidad por saber qué clase de animal era”. Finalmente concluye que es un lobo, pero “mientras que el lobo europeo o norteamericano tiene un pelaje color ceniciento, el aguará tiene una hermosa piel amarillo-rojiza, con una franja negra en el lomo, y las patas del mismo color”…

Los norteamericanos han hecho de su expansión hacia el oeste una verdadera industria cultural: las películas de cowboys. Nosotros apenas conocemos muchos episodios de nuestro pasado. Y cuando a través de un documento histórico tan valioso como éste tomamos contacto con algunos de ellos, surge siempre la pregunta de por qué no han inspirado más tramas literarias o cinematográficas, ya que constituyen en sí mismos aventuras humanas que con frecuencia superan a la ficción.

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